martes, 11 de mayo de 2010

Experiencias en la montaña

Llego, ruidoso, al país del silencio.

La violácea noche va tornándose día, y en su fuga se lleva consigo mis sonidos; así pues, comienzo a formar parte del insonoro mundo, que me acoge con la fresca calidez de la aurora.

Mis pasos se encaminan al inicio de la senda, furtivos, ansiosos por escapar del bullicio del asfalto, deseosos de libertad, hambrientos de naturaleza: piedras, barro, rocalla, matojos.

Despierto lentamente de mi urbano aletargamiento, saboreando con la experta lentitud del sabio catador los aromas del entorno. El esfuerzo físico y la influencia de la montaña comienzan a transformarme; mi yo animal, inmerso en el fondo de mi pozo interior, cubierto de llamadas telefónicas, conversaciones, tareas rutinarias y cientos de inanes tareas inherentes al “homo civilis”, emerge con rotunda presencia, reclamando su lugar.

Aumenta mi concentración, los sentidos se agudizan; el análisis deja paso a la intuición, los razonamientos a las sensaciones.

Tras tal explosión de lúcida animalidad, soy un ser nuevo. La metamorfosis vuelve a completarse, la lenta y pesada oruga se volvió mariposa y voló libre y feliz durante su existencia, para volver a iniciar el ciclo, de nuevo, una y otra vez.

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